Fue más difícil de lo pensado. Scaloni lo había anticipado en la conferencia, pero nunca se imaginó la respuesta que podía tener el equipo. Que no fue buena. Que estuvo por debajo de lo esperado. Que tuvo fallas y carencias, individuales y colectivas. Argentina no jugó nada bien. No supo aguantar el resultado ni liquidarlo. Incluso en el final, cuando se puso 3 a 2 y necesitó de un “atajadón” del Dibu, festejado como si fuese un golazo de Messi, para mantener ese resultado.
La selección y una alarma que se prendió y obliga a entrar en boxes
Lento y sin sorpresa, faltó más gambeta, improvisación y confianza para encarar al rival. Defensivamente hubo fallas también. Ganó por mayor jerarquía, pero fue una actuación que no debe volver a repetirse porque no hay revancha.


Scaloni dijo que justamente el partido 100 le dejó enseñanzas. Y hasta uno se convence de que la victoria terminó siendo un alivio también para él. Solo imaginarse una eliminación en un partido así, en una instancia así y ante un rival así (dicho con total respeto ante la respuesta de la sorprendente Cabo Verde), le hubiese echado una palada de tierra a todo lo conseguido hasta ahora. No para taparlo ni para dejar de dimensionarlo, porque ningún equipo ni ningún entrenador puede ganar siempre todo. Pero habría echado un cono de sombra en la brillantez del proceso exitosísimo que él conduce. Y con un Messi iluminadísimo y jugando su mejor Mundial a los 39 años.
El equipo no tuvo frescura en ningún momento. Le faltó la confianza para el desequilibrio individual, para esa gambeta que tanto nos distingue. El uno contra uno, salvo con Messi o alguna jugada aislada (por ejemplo la de Nico González en el segundo tiempo), nunca funcionó. La intentaron más los jugadores de Cabo Verde que los nuestros. Eso llevó a la selección a tener una tenencia exageradamente lenta, con muchos pases hacia atrás. El cambio de ritmo en los últimos metros no funcionó. Y los goles llegaron como consecuencia de dos jugadas de pelota quieta y un pelotazo largo desde mitad de cancha (el de Lisandro Martínez para Messi en el primero). No hubo fluidez en el juego, faltaron las asociaciones y también la precisión.

Algo se mejoró con la entrada de Paredes. Impuso presencia, está más acostumbrado a la posición de volante central que ahora desempeña MacAllister (¿no será mejor devolverlo a una función más comprometida con el juego ofensivo?) y tiene un muy buen pase. Pero esa mayor tenencia también se vio afectada cuando Cabo Verde se animó. Necesitó un empuje extra (se la dieron los goles de Argentina). Pero lo hizo. Y ahí apareció el otro error colectivo que se notó. Y es la falta de seguridad defensiva que mostró el equipo. Responsabilidad que no le cabe a los defensores, solamente, porque Lisandro Martínez terminó siendo la figura del equipo pero sobre todo por lo que aportó ofensivamente.
Quizás esto se haya debido también a la escasa respuesta que hubo de los volantes. La poca notoriedad de De Paul y la intrascendente gravitación de Enzo Fernández (apenas un remate al arco desde media distancia), no solo le quitaron claridad al juego sino que tampoco se notaron en la recuperación de la pelota, salvo algunos pasajes en los que Argentina decidió apretar sobre la pérdida de la pelota, para recuperarla enseguida, y ese trabajo se desarrollaba en las cercanías de sus lugares. Pero Argentina marcó caminando o al trotecito, salvo en algunos pasajes del partido -y sectores de la cancha- en los que se trabajó bien para generar esa recuperación. Que no siempre se consiguió.
Sigue faltando el gol de los delanteros. Julián entró con ganas para el despliegue, pero también con imprecisión, inseguridad en el manejo de la pelota y a veces retrocediendo en demasía. Lautaro se ha convertido en un jugador generoso en el despliegue o la asistencia pero poco eficaz (un solo gol y de penal). Se necesita más de ellos. Mucho más. Menos mal que Messi está encendido. Pero los goles deben repartirse un poco más. Marcaron los centrales y un suplente (Lo Celso). Faltan los “9”. Que son buenísimos, de altísimo nivel e indiscutibles. Pero no están bien.

Afloró la fortaleza y convicción que nunca deben faltar y que robustece al jugador argentino. Esa resiliencia y esa capacidad para luchar y no bajar nunca los brazos. Los goles anímicos fueron duros. Las dudas deben haber aparecido en todos. Lo reconoció Scaloni en la conferencia, porque al margen de felicitar a Cabo Verde, no ocultó la preocupación que le dejó la actuación del equipo. Y lo mismo habrán sentido los jugadores.
Buscándole la parte positiva, la mitad del vaso lleno, Argentina hizo lo que debía hacer: ganar y superar a un rival que costó más de lo debido. Pero la otra mitad, la del vaso vacío, inevitablemente enciende las luces de alarma. Hay que revisar todo y el tiempo es escaso. Empezando por el entrenador, fiel a aquellos futbolistas que lo pusieron en lo más alto del pedestal, pero sin haber encontrado en este partido la respuesta adecuado. El Mundial es ingrato en este aspecto y no da revancha. Son finales, con toda la complejidad que eso conlleva. Si de algo no se puede dudar, es que este equipo tiene aplomo, tiene experiencia y suficiente solvencia para afrontar esta clase de “batallas”.










