Los bebés pequeños dominan el arte de hacerse el dormido. Después de tomar el pecho, con las urgencias que sólo el hambre provoca, y las habilidades que esto tan vital conlleva, uno pensaría que el bebé pequeño, saciado con néctar tan maravilloso, se entregará feliz a los brazos aterciopelados del sueño. Pero no es así. Se hace el dormido, y ahora veremos qué pasa, y por qué.
El arte de hacerse el dormido
El bebé se hace el dormido para llamar al silencio y al sosiego y así poder escuchar, y entonces saber qué pasa. Es una estrategia, una metáfora, una buena idea.

Terminada la toma, satisfecho el lactante, quien lo tenga consigo comienza a mecerlo suavemente en brazos para llamar al sueño con los acunos más tiernos. Entonces todos tratamos de mantener un ambiente de silencio y de sosiego para que el sueño venga pronto.
El bebé despliega entonces su estrategia. Abre un poco los ojos y después los entrecierra una y otra vez, hasta que al cabo los cierra del todo, y hace ciertos movimientos con los labios para darnos a entender que ya está dormido, o que está a punto de estarlo. Pero no lo está.
Tras unos minutos de acunos en brazos, y varios paseos por la habitación, llega el momento de ponerlo en la cuna para que siga durmiendo. Es aquí cuando aparece el conflicto. Ante el más mínimo ademán de querer ponerlo a dormir en la cuna, sin previo aviso el bebé emite un llanto fuerte e inexcusable, elocuente, y avisa de esta manera que no está dormido sino bien atento.
Parecía dormido pero no lo estaba. Se hacía entonces el dormido. Este es un arte ancestral que el bebé domina. Y me parece que sé por qué, para qué el bebé se hace el dormido. Se hace el dormido para que el entorno haga un poco de silencio, bajen el volumen y se llamen a sosiego.
Quiere silencio porque quiere escuchar, quiere saber qué pasa, qué dicen de él. Sabe que hay que hacer silencio para poder escuchar. Sabe que hay mucho para decir y mucho para escuchar, y sólo bajando el volumen, y sosegando el músculo, sólo así se puede saber qué dicen los demás. Y esta información es útil, valiosa, necesaria. Los demás, en efecto, tienen mucho para decir.
La enseñanza, la lección es evidente. Hay que hacer un poco de silencio para poder escuchar, es decir, para saber qué pasa. Si no hay silencio ni sosiego, siquiera sea un poco, aquello que digan los que tienen cosas importantes para decir, que somos todos, se perderá en el tumulto del ruido. Y ya sabemos que quien no sabe qué pasa queda a merced del otro.
Los del ruido se quedarán entonces sin saber, cansados y boquiabiertos, mientras que quienes se llamen a silencio y sosiego sabrán qué pasa. Es la estrategia del bebé pequeño, que quiere que lo dejen tranquilo, quiere que hagan silencio para poder escuchar, y quiere escuchar porque sabe que hablan de él.
Precisamente porque se sabe que el ruido impide escuchar y así impide saber qué pasa, a veces se genera ruido para que no se escuche lo importante, para que no se sepa, para que nadie pregunte ni cuestione. La enseñanza del bebé que se hace el dormido para saber qué se dice, y qué dicen de él, es una metáfora de lo que estos tiempos necesitan.
Pongamos un ejemplo. Con tanto ruido, pocos supieron que el 20 de junio fue también el Día Mundial del Refugiado. Los refugiados son las personas que se ven forzadas, o son obligados a la fuerza, a dejar y abandonar la casa donde viven, el barrio, la ciudad, incluso el país, para intentar huir de la violencia, de la persecución de la cual son objeto, o de un desastre natural.
Los refugiados son a la vez desplazados. De los varios millones de desplazados que hay hoy en el mundo, los menores de edad constituyen una alta proporción. Según informa Naciones Unidas, mientras que los menores de edad son un 29% de la población en general, entre los refugiados son el 39%.
Esto parece indicar que habría al menos un 10% de menores de edad que están refugiados o han sido desplazados sin sus padres o sin los adultos de su familia, y esto tal vez esté informando sobre el incierto destino que tuvieron estos adultos. Con o sin adultos que los acompañen, las perspectivas de los menores desplazados es igualmente incierta.
Los chicos desplazados pierden el nexo con la escuela y con los centros de salud, y quedan expuestos por tanto a la enfermedad, a la falta de vacunas y a quedarse sin ayuda. Quedan expuestos a unas condiciones miserables de vivienda, sin agua ni comida, ni techo, y con frecuencia pierden parte de la familia. Y quedan a merced del abuso sexual.
Para ellos, las perspectivas, las esperanzas, son pobres. Y la desesperanza, y esto también se ve en las calles de Santa Fe, es un sentimiento que impide ver la salida. Continúa que hay numerosos chicos errantes en la ciudad, y estos chicos, aunque de una manera diferente, también son desplazados a la fuerza porque no eligen vivir en las condiciones en las que es fácil verlos.
Y no me privaré de decir una vez más que el Mundial de Fútbol, pese a ser un negocio de proporciones colosales cuya materia prima es el sentimiento, ayuda poco o nada en la difícil tarea de ofrecer esperanza, y soluciones concretas y efectivas, a la infancia y a la adolescencia que, sin mérito ni culpa, espera la oportunidad que le corresponde.
Cancha en silencio para saber más
En la foto que ilustra esta nota abunda el azul-celeste argentino. Alguien podría pensar que se trata de un humilde campito de fútbol en algún rincón olvidado de nuestro país, y que el chico que allí se ve con muletas es un argentino harto desafortunado. Pero no es así.
La región del mundo donde hay más chicos amputados es Gaza, pero no es el caso de este chico. Según Naciones Unidas, el número más alto de casos de violencia grave contra la infancia y la adolescencia desplazada se registra en Palestina, Congo, Somalia, Nigeria y Haití. Son casos de muerte, mutilación, negarles el acceso a la ayuda humanitaria y reclutarlos como soldados. Tampoco es el caso.
La foto cuenta la historia de ese chico. En Irak tuvieron que amputarle la pierna derecha como consecuencia de la explosión de una mina antipersona. Después, desplazado a un campo de refugiados en Siria, dentro de su desgracia tuvo suerte porque recibió una prótesis con la cual volvió a caminar sin muletas. Pero los chicos crecen.
Al crecer en altura y corpulencia, al niño iraquí pronto la prótesis le quedó corta, y en la parte de arriba ya no le encajaba en el muñón. La prótesis, entonces, ya no le servía, y la tuvo que dejar, y se la adaptaron a otro chico amputado.
Pero para él ya no había otra prótesis, y tuvo que volver a las muletas. En el campo de refugiado donde estaba, la organización no gubernamental Save de Children le ofreció la oportunidad de jugar al fútbol, con una pierna y dos muletas. Y con la excusa del fútbol volvió a la escuela, y entonces su vida tiene ahora mejores perspectivas.
Esta anécdota con su foto son un ejemplo que procede del informe 2025 de Save the Children sobre las terribles consecuencias de los bombardeos en los niños y adolescentes (*). Aquí se explica también hasta qué punto extremo las guerras modernas afectan muy especialmente a la infancia mientras que comprometen a cada vez menos soldados.
La destrucción, la muerte y la mutilación a distancia son hoy habituales. Y los estudios sobre el terreno demuestran que la infancia resulta en proporción más afectada, y con heridas más graves, que los adultos.
(*) "Children and blast injuries. The devastating impact of explosive weapons on children: 2020-2025". Save the Children, 2025 / www.savethechildren.net.












